La veneración está reservada para los que consumaron gloriosas proezas humanas o para circunstancias simbólicas que por sobradísimas razones merecen el más digno y grande respeto y honor. La veneración se aplica generalmente en contextos y corrientes religiosas y es aplicada a santos, divinidades o líderes espirituales. Los cristianos, por ejemplo, veneramos a Jesús de Nazaret, a quien, por dogma y verdad absoluta, es el único Dios que ha resucitado.

Fuera de las corrientes religiosas, la veneración es dirigida a personas que han dejado huellas profundas e imborrables caladas por el cincel de la integridad y el impacto profundo con el que se insertaron en la narrativa de la historia en calidad de héroes, generalmente civiles, que resultaron ser patriotas y se sacrificaron por la libertad o el bienestar de su nación para rescatarla del oprobio de toda inconsciencia humana que desangra a los pueblos.

La veneración es también dirigida a grandes humanistas y pensadores que defendieron valores universales de la convivencia humana como Simón Bolívar, Nelson Mandela, la Madre Teresa de Calcuta, Mahatma Gandhi, Martin Luther King y otros grandes virtuosos que, a través de sus ideas, legado y conducta han inspirado a tantas generaciones.

Son venerables igualmente muchas leyendas deportivas que a lo largo de los tiempos y competencias sobresalieron tanto que son íconos que trascendieron para ser inmortales en el recuerdo de sus fanáticos como Muhammad Ali considerado el mejor boxeador de todos los pesos en la historia; Pelé el icónico futbolista brasileño y tricampeón del mundo; Roberto Clemente; una de las máximas leyendas puertorriqueñas de las Grandes Ligas y miembro del Salón de la Fama, quien falleció en un accidente aéreo en 1972 mientras traía ayuda humanitaria a las víctimas del terremoto en Nicaragua de 1972 y claro muchísimos más que son gratamente recuerdos aleccionadores para las juventudes de todos los tiempos.

Hay otro tipo de venerados por los cuales me pongo de pie para honrarles porque por la Nicaragua de hoy y por amor dieron lo más grande que un ser humano puede dar por la vida, la sangre; porque son de los que efectivamente cumplieron con lo de llegar hasta las últimas consecuencias; porque habiendo luchado por una causa jamás pidieron una cuarta de tierra para su sepultura; porque no buscaron ni fama ni reconocimientos, ni cargos, ni medallas; porque solo murieron por la patria sin saber que morían por ella en muchos casos combatiendo desde el encierro de una celda donde los verdugos los torturaban hasta el último halito de la existencia.

El preámbulo de nuestra constitución política exalta a los “Héroes y Mártires” y los tiene como figuras históricas, combatientes y ciudadanos que murieron por la soberanía, la libertad y la justicia social y hace un recorrido que abarca, desde próceres de la independencia hasta combatientes caídos en la Revolución Popular Sandinista y diversas gestas patrióticas que nos marcan absolutamente por el nivel de arrojo en cada circunstancia con la que nutrieron las referencias de nuestra historia.

Para distinguir a algunas de esas grandes figuras, destacadas en diferentes momentos de la historia nicaragüense recordemos a Emmanuel Mongalo héroe cívico que combatió valientemente en la toma del Mesón de Rivas en 1856; José Dolores Estrada y Andrés Castro: Defensores de la soberanía durante la Guerra Nacional en 1856. Castro es recordado por derribar a un filibustero con una piedra en la Batalla de San Jacinto; Augusto C. Sandino, el General de Hombres Libres, liderando la resistencia contra la ocupación militar estadounidense en la década de 1920 y 1930.

Recordemos que entre los Próceres de la Independencia destacan intelectuales y defensores de la autonomía centroamericana como Miguel Larreynaga y el presbítero indígena Tomás Ruiz; Recordemos que tenemos Mártires Estudiantiles y Combatientes del 23 de Julio (1959); Recordemos que tenemos estudiantes universitarios de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) en León, masacrados por la Guardia Nacional de Somoza mientras protestaban pacíficamente.

Como no tener presente a Carlos Fonseca Amador fundador y máximo líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), quien murió en combate en la zona de Zinica en 1976; a Rigoberto López Pérez, poeta y periodista que ajustició al dictador Anastasio Somoza García en 1956, marcando un hito en la lucha contra el régimen. Como sustraer de la memoria colectiva e insurreccional a los Héroes y Mártires de Batahola masacrados el 15 de junio de 1979, donde hasta 180 civiles la mayoría jóvenes que se replegaban a San Judas perdieron la vida en Managua en la víspera del triunfo revolucionario. Recordemos al internacionalista Gaspar García Laviana, sacerdote español que se unió a la guerrilla sandinista, convirtiéndose en un mártir de la lucha social y agraria.

Es egoísta por la prolijidad referir solo a los que resaltan en el preámbulo de nuestra constitución porque la verdad verdadera es que nuestra historia germina desde la sangre que abona nuestra tierra la que reconoce como mártires a todas aquellos excepcionales nicaragüenses que tomaron las armas, vivir en la clandestinidad desde la conciencia mística de los irrepetibles.

La gran mayoría de esos súper hombres y súper mujeres son los venerados de un Frente Sandinista que hace de sus héroes y mártires Santos que nunca murieron, que no morirán y de los que se hizo un inventario aproximado para que nunca pasaran al olvido y de ahí que todos los días, en cualquier parte del país, se hagan homenajes para identificar las gestas patriotas de nuestros libertadores para que las nuevas generaciones sepan quienes realmente hicieron posible la Nicaragua de hoy.

Traigo a colación el tema de los venerables porque la revolución evolutiva del presente es posible por los ideales de ayer que hoy construyen una nación que como la nuestra decidió nunca más ir tras el olor de la pólvora para ser libres sino andar el camino de la paz, como siempre debió ser, haciendo honor al sueño de nuestros caídos e idos tomados de la mano hacia un mismo puerto común; hacer posible la patria grande de nuestro majestuoso Rubén.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.