Frecuencia cardíaca y respiración casi imperceptibles, rigidez muscular extrema, disminución de la respuesta a casi todo estímulo, temperatura corporal baja y palidez notoria. No es la muerte, pero se le parece, al punto de ser fuente habitual de confusión desde tiempos ancestrales. El mal se llama catalepsia y se produce por fallo en el sistema nervioso central que puede prolongarse por horas o días.

Esa condición padecía Rafaela Baroni, una artista venezolana que, acaso como exorcismo, usó sus creaciones para domeñar aquel temido demonio. No emprendió sola la batalla. Echó mano del santoral católico, reconocida fuente de socorro espiritual en la Mesa de Esnujaque, el pueblo rural de Trujillo que la vio nacer el 1 de noviembre de 1935.

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Con el paso del tiempo, el arte no fue solo representación abstracta sino que transitó al terreno de la performatividad. Para Baroni, representar su propio funeral se volvió una forma de recordar sus experiencias sin el dolor del trauma. Cuando se fue de este mundo, ya muy anciana, había dejado tras de sí una obra que estaba destinada a trascenderla.

El encuentro con la muerte

Rafaela fue autodidacta. La precaria economía familiar, agravada por el temprano deceso del padre, la obligó a incursionar en el mundo laboral a los 10 años con tallas de figuras religiosas hechas en anime (poliestireno expandido), refiere la periodista cultural Maritza Jiménez. A los 13 comenzó a vestir muertos a hurtadillas de los ojos maternos. La primera difunta se llamaba Sofía y le abrió el camino otros a los que la adolescente quiso preparar para el descanso eterno.

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Una jovencita que viste muertos. La rareza solo se explica a partir de su singular trayectoria vital. En particular, la obsesión de Baroni con la muerte y sus rituales tiene un origen claro: el ataque de catalepsia que sufriera cuando tenía 11 años y que se prolongó durante 24 horas.

Aunque las revisiones médicas hacían ya parte de los protocolos necesarios para declarar muerto a alguien, en su caso, algo falló. Corría la década de 1950 y acaso en aquel apartado paraje rural, nadie había oído hablar del mal. Así, a la usanza de la época, familiares y allegados se congregaron en la modesta vivienda familiar para velarla. Allí ocurrió el llamado «milagro de Rafaela»: se despertó dentro de la urna y demostró que, aunque parecía lo opuesto, seguía muy entre los vivos.

La catalepsia no es una enfermedad sino un síntoma asociado a otra afección, con frecuencia esquizofrenia o epilepsia. A veces, simplemente no se sabe. En 1964, Rafaela sufrió una parálisis calificada como de origen psicológico. El detonante, según relata la escritora argentina Mariana Henríquez, fue la mezcla perversa entre la muerte de uno de sus hijos, un matrimonio infeliz y acuciantes carencias materiales.

Pasó meses hospitalizada y cuando regresó a la Mesa de Esnujaque, no era la misma. El incidente la atravesó y, ante el temor de ser un peligro para sus hijos o someterlos a una vida de infiernos, optó por dejarlos al cuidado de su abuela y se marchó a Boconó, un poblado cercano con mejores perspectivas que el que le ofrecía su lugar de origen. Como no tenía dinero, recaló en el cementerio. Allí estuvo durante varios días.

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Pese a las dificultades iniciales, Baroni echó raíces en ese pueblo. Conoció a un hombre llamado Rogelio Albornoz y establecieron una pareja. Era 1966 y habían pasado 22 años cuando le sobrevino su segundo ataque cataléptico. En esta oportunidad, la agonía se prolongó durante 72 horas. Y si no acabó tres metros bajo tierra fue por lo que ella, en conversación con la periodista Ariana Briceño Rojas, denominó «enredo burocrático».

Según cuenta Briceño, «Rafaela supo de inmediato que se encontraba en la morgue. La sensación de frío que corrió por su cuerpo al ser tirada en la camilla de hierro, la enfureció. ‘No respetan a los muertos, me tiran como si fuera un perro’, pensó, mientras al frente de ella uno de los hombres que se encontraba en la sala la vio moverse e interrumpiendo la conversación de sus dos compañeros, se precipitó a decir: ‘¡La señora está viva, traigan a un médico!’«.

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Poco a poco, la mujer comenzó a recuperar la movilidad y el control de su cuerpo, así como sus funciones vitales, pero no podía hablar. La decisión de los galenos fue internarla en un hospital psiquiátrico de Caracas y pasaron más de dos semanas antes de que su boca saliera algún sonido. El trauma demoró mucho más en sanar.

La creación que exorciza

El segundo ataque, al que luego siguió un desprendimiento de retina en 1972, constituyeron puntos de inflexión para que Rafaela Baroni comenzara a crear un universo de tallas de madera, principalmente de imágenes religiosas, donde la muerte siempre aparece, bien directamente o por medio de diversas simbolizaciones, donde abundan los colores vivos.

Hay muchas advocaciones marianas, pero también ángeles, orquídeas, nazarenos, loros aseguraba que habían estado en su interior cuando sufrió su primer ataque de catalepsia o un bebé perdido, en memoria de aquél hijo que la muerte le arrebató.

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Jiménez refiere que a finales de la década de 1970 comenzó a crear en su casa de Boconó un espacio al que denominó Museo del Espejo. Tiene una capilla dedicada a la Virgen María y también una sala donde se puede ver un pesebre con figuras de tamaño real. Además, en 1985 le dio vida a ‘La Mortuoria’, una instalación dedicada a la representación de su propia muerte. A estos efectos, Baroni dispuso un ataúd dentro del cual aparece una talla de sí misma, en clara evocación de aquél ataque a sus 11 años.

Según explica el escritor argentino Sergio Chejfec en su libro ‘Baroni: Un viaje’, ‘La Mortuoria’ pasó de ser una pieza inmóvil a un espacio performativo, donde Rafaela Baroni representaba y oficiaba su muerte, especialmente los Viernes Santos.

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Sobre esto, detalla: «Baroni interpreta su propio funeral: viste el atuendo apropiado, un vestido azul que ella misma tejió para ese fin, y se recuesta en el ataúd, también hecho por ella, donde permanece inmóvil por un largo rato. La escena no parece una representación en el sentido habitual del término, porque no hay distancia entre quien actúa y lo que se representa. Más bien se trata de una doble mirada: la de quien se ve a sí misma desde fuera y la de quienes la observan como si ya estuviera muerta. En esa suspensión, la muerte no es un final sino una forma de ensayo, repetida hasta volverse familiar».

De acuerdo con los estudiosos de su obra, la artista no solo usaba su creación como vehículo para exorcizar a la muerte sino que pretendía que las personas se divirtieran. Su propiedad, que bautizó con el nombre de ‘El Paraíso de Aleafar’, estaba abierta a todo el que quisiera entrar. Según Chejfec, no era inhabitual que a los visitantes se los recibiera con cantos, baile e, incluso, con comida.

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Su arte llegó lejos. Desde finales de la década de 1970, sus exposiciones recorrieron su país natal y, con el tiempo, se la reconoció como una de las artistas populares más importantes de los Andes venezolanos. En consonancia con esa valoración, en 2015, la Universidad Valle del Momboy la distinguió con un Doctorado Honoris Causa por sus contribuciones.

A Rafaela la alcanzó la muerte el 8 de marzo de 2021, tras una breve internación por una neumonía. Tenía 86 años y había dejado todo dispuesto para su funeral. De conformidad con su última voluntad, se la enterró dentro de su ‘Paraíso’, donde su obra permanece expuesta.