Los “chompipes inflados” retratan así a quienes se pavonean, ensanchan el pecho y caminan como si su tamaño aparente fuera suficiente para imponer respeto. Se hinchan para llamar la atención, se exhiben, buscan sobresalir entre los demás y adoptan una postura de superioridad destinada a hacerlos parecer mayores de lo que son. Esa figura permite leer las palabras de la Copresidenta Rosario Murillo desde la conducta que quiso señalar cuando habló de “ridículos, presuntuosos, presumidos” y enseguida utilizó aquella comparación. La metáfora no descansa únicamente en el aspecto de las aves, sino en la imagen del pavoneo, de aquellos que agrandan su presencia y pretenden mostrar una importancia que la expresión precisamente desmiente.

Ese afán de aparentar adquiere un sentido más concreto al trasladarse a los personajes de triste recordación en nuestro país, esos vendepatrias, golpistas, traidores, propagandistas y criminales que tanto daño le hicieron a Nicaragua. Son individuos con aires de grandeza, aparentan poder, se sienten por encima del resto y buscan atribuirse una dimensión política que, según el señalamiento de la Compañera Rosario, no corresponde con su verdadero peso. Por eso los chompipes funcionan como metáfora visual: abultan sus plumas para simular una magnitud que no tienen, porque al bajarlas desaparece también la falsa estatura que pretendían ostentar. El contraste se completa con la otra acertada acusación pronunciada en el mismo pasaje, “no son nada más que lame suelas”, porque detrás de esa actitud altiva ante Nicaragua, la Compañera Rosario coloca una conducta distinta frente a intereses extranjeros, la de quienes se engrandecen hacia adentro mientras se arrastran, se entregan y se subordinan vergonzosamente hacia afuera.

La descripción que hace la Compañera Rosario Murillo no termina en la apariencia de superioridad. Cuando los llama “infieles”, “filisteos” e “ilusos fachentos”, el señalamiento avanza hacia quienes, según sus palabras, han actuado contra los intereses de Nicaragua mientras pretenden conservar una autoridad moral y política que el pueblo señala que no tienen. Los términos describen una contradicción entre lo que esos personajes procuran aparentar y la conducta que se les atribuye, de ahí que también los presente como “sepulcros, oscuros como el Infierno”, una imagen con la que los contrapone a la paz, la unidad y el porvenir que reivindica para las familias nicaragüenses.

No son calificativos dispersos dentro de su intervención, sino distintas formas de desmontar la fachada de quienes se exhiben como referentes, aunque para la Compañera Rosario quedaron expuestos por sus actuaciones y por el daño que le han causado a los nicaragüenses. Sus palabras avanzan hacia otra caracterización cuando la Compañera los identifica como “retorcidos” y “perdidos”, para después compararlos con “menudencias que van desgranándose, cayendo por su propio peso”. Con esa imagen los presenta reducidos por sus propias actuaciones, hasta quedar, según señala, “estrechos y escasos”, “innombrables” y convertidos en “malas vichuchas”. Después vuelve sobre quienes intentan confundir a los nicaragüenses mediante falsedades y los denomina “falsarios”, aquellos que “vomitan maldad” y “vomitan odio”, a quienes finalmente llama “los miserables de siempre”.

El hilo entre esas expresiones apunta a espectros que buscaron proyectarse como referentes mientras sus acciones terminaron mostrando otra realidad ante un pueblo que los conoció, los padeció y, en las palabras de la Compañera Rosario, los ha visto caer por el peso de sus propios actos.

Al día siguiente, miércoles 26, la Compañera Rosario Murillo volvió sobre esos personajes al referirse a “los malvados de siempre”, a quienes señaló por el “sabotaje” que, afirmó, quisieron hacer contra Nicaragua sin conseguir su propósito. Los identificó también como “los que apagaron las luces” y “los que quisieron condenarnos a la oscurana”, expresiones que contrapuso a los avances alcanzados por las familias nicaragüenses en educación, salud, infraestructura, seguridad social y otros derechos. Más adelante concentró su afirmación en una frase todavía más gráfica, “los malandros, los malucos, sus males, maldades y exhibicionismos”, retratando a quienes procuran hacerse notar mediante poses y apariencias mientras cargan con actuaciones que el pueblo ya conoce. La referencia a esos “exhibicionismos” prolonga, además, la figura de los chompipes inflados utilizada el martes, porque vuelve sobre el pavoneo de quienes pretenden proyectar una importancia que sus propios actos terminan desmintiendo.

El cuestionamiento que la Compañera Rosario había desarrollado el miércoles tuvo continuidad este pasado jueves, cuando volvió sobre esos delincuentes, mercenarios y añadió expresiones que profundizan la conducta que no pueden ocultar. Esta vez habló de “traidores y cobardes” que deberían sentir bochorno frente a la dignidad del pueblo nicaragüense y preguntó si todavía pueden sentir vergüenza o “asfixiarse en su propia ignominia”. También los llamó “mequetrefes” y “mercachifles”, además de presentarlos como “arrastrados de todos los tiempos”, palabras que relacionó con el entreguismo y con quienes, desde su interpretación histórica, han buscado respaldo extranjero para actuar contra Nicaragua. La comparación vuelve a poner frente a frente dos comportamientos, el de quienes aparentan importancia y el de quienes, cuando buscan apoyo fuera del país, terminan sometiendo sus posiciones a intereses ajenos, una contradicción que prolonga el retrato iniciado el martes con los chompipes inflados.

El nacionalismo de sus palabras aumenta cuando la Compañera Rosario se refiere a quienes, habiendo nacido en Nicaragua, terminaron convertidos, según expresó, en “abyectos, nefastos, miserables testaferros”, movidos por el afán de agradar a quienes consideran “sus Amos”. La expresión exhibe una relación de dependencia en la que estos elementos renuncian a defender los intereses nacionales para ponerse al servicio de poderes externos, hasta ser presentados como “tentáculos enanos” de los “fieros dragones” que históricamente han pretendido imponerse sobre el país.

Esa subordinación explica también por qué la Compañera Rosario los sitúa como “insepultas huellas de la Historia”, restos visibles de una forma de hacer política basada en buscar afuera la fuerza que no consiguieron entre los nicaragüenses. Desde esa lectura, el aparente protagonismo de estos miserables sujetos termina reducido a la condición de instrumentos de intereses ajenos, mientras sus propias actuaciones los dejan como referentes de un pasado que, afirmó, “no volverá”.

En mi lectura, las afirmaciones de la Compañera Rosario recogen el sentir de todo el pueblo nicaragüense frente a quienes considera responsables de haber atentado contra la tranquilidad y los intereses del país. Sus palabras transmiten esa posición desde una defensa constante de la paz, la soberanía nacional y el derecho de Nicaragua a decidir su propio destino sin injerencias extranjeras.