Septiembre ya se vive en Nicaragua con el azul y blanco ondeando en cada rincón del país, mientras los estudiantes preparan sus celebraciones, las familias colocan la Bandera Nacional y el “Salve a ti, Nicaragua” acompaña las actividades dedicadas a conmemorar la Batalla de San Jacinto y la Independencia de Centroamérica, fechas que abren paso a los emblemas que han contado, desde distintos momentos, la historia de la nación. Este año, las Fiestas Patrias también reciben con honores a la bandera rojinegra, reconocida por la Constitución junto al pabellón nacional, el Escudo y el Himno, después de una presencia que comenzó mucho antes de quedar escrita en la Carta Magna. La Azul y Blanco nació de la herencia centroamericana y asistió la construcción de la República, el Escudo conservó dentro de su triángulo los cinco volcanes que recuerdan aquella unión y el Himno llevó a sus versos el anhelo de una Nicaragua donde no se derramara sangre entre hermanos. La bandera rojinegra surgió para el combate en las montañas de Las Segovias, donde el General Augusto C. Sandino y su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional enfrentaron a los marines estadounidenses que ocupaban el territorio, y fue en ese instante donde el General rescató la Azul y Blanco como enseña de una patria que gobernantes peleles habían entregado al imperio yanqui. Aquella bandera de guerra, que en sus primeras versiones llevó franjas verticales, una calavera, un machete y un fusil cruzados, no surgió para disputarle su lugar al pabellón nacional, sino para defender la soberanía que este representaba.
Dicha unión histórica entre las dos enseñas ha sido explicada por la Copresidenta Compañera Rosario Murillo, quien expresó, “El sagrado azuliblanco de la patria es sostenido por el rojinegro consagrado de luchas y triunfos. La sostiene y arropa el rojinegro consagrado de la firmeza, la coherencia, la continuidad evolutiva y las victorias”. Al referirse al significado de esos colores, agregó, “Nuestra bandera rojinegra es la bandera de la dignidad, de la soberanía, de la lucha histórica de un pueblo que no se rinde y que defiende su tierra, su identidad y su derecho a vivir en paz”, señaló la Compañera Rosario al explicar el lugar que ambas banderas ocupan en la historia y la defensa de Nicaragua. Con el paso de los años desaparecieron aquellos primeros elementos de combate, permanecieron sí, el rojo y el negro y posteriormente se agregaron las siglas FSLN, enlazando la resistencia encabezada por Sandino con el Frente Sandinista de Liberación Nacional y con una bandera que, casi un siglo después de aparecer en las montañas nicaragüenses, comparte reconocimiento constitucional con los demás símbolos patrios.
La Azul y Blanco lleva más de un siglo ondeando con la forma que conocemos. Fue el 5 de septiembre de 1908, durante la presidencia de José Santos Zelaya, cuando un decreto estableció el pabellón de tres franjas horizontales, dos azules que abrazan una blanca, con el Escudo de la República en el centro y la herencia de las antiguas Provincias Unidas del Centro de América plasmada en su diseño. En 1971, una nueva legislación precisó sus características, reglamentó su uso y consignó el significado de cada tonalidad, el azul representa la justicia y la lealtad, mientras el blanco simboliza la pureza y la integridad. Para entonces, el símbolo nacional llevaba décadas formando parte de la vida cotidiana de los nicaragüenses y había trascendido las disposiciones legales y el protocolo de los actos oficiales hasta convertirse en una de las imágenes que identifican al país dentro y fuera de sus fronteras. En estas Fiestas Patrias cobra particular significado, porque el 14 se conmemora la Batalla de San Jacinto de 1856 y, apenas un día después, el calendario señala la Independencia de Centroamérica proclamada en 1821, dos fechas que se abrazan bajo el pabellón de una nación que celebra su libertad y recuerda a quienes lucharon para defenderla.
Y precisamente esa herencia centroamericana que conserva la Bandera Azul y Blanco continúa al mirar el centro de su franja blanca, donde aparece el Escudo Nacional y la historia del pabellón se expresa a través de sus figuras. En su interior se levantan cinco volcanes que representan a Nicaragua, Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica, bañados por dos mares que dibujan la geografía del istmo, mientras sobre las cumbres se extiende un arcoíris que representa la paz y el gorro frigio irradia las luces de la libertad. Todo queda contenido dentro de un triángulo equilátero, símbolo de igualdad y fraternidad, rodeado por la inscripción “República de Nicaragua – América Central”, palabras que conservan la unión con la Federación Centroamericana del siglo XIX. Establecido oficialmente en 1908 y precisadas sus características por la legislación de 1971, el Escudo reunió así el pasado compartido de cinco pueblos, los océanos que abrazan sus tierras y los ideales que inspiraron aquella unión, distintivos que Nicaragua hizo parte de su identidad y puso para siempre en el núcleo de su Bandera Nacional.
Del Escudo que se encuentra en el centro del pabellón, la historia de los símbolos patrios pasa también a las notas del “Salve a ti, Nicaragua”, cuya melodía procede de un antiguo salmo litúrgico de la época colonial que con los años fue adaptado para convertirse en canto nacional. Su primera interpretación tuvo lugar el 16 de diciembre de 1918 y, meses después, el Decreto 39 del 26 de febrero de 1919 oficializó aquella música, sobre la cual Salomón Ibarra Mayorga escribió los versos que conocemos. La letra fue adoptada definitivamente mediante el Decreto Ejecutivo número 3 del 20 de octubre de 1939 y llevó al Himno una aspiración expresada con pocas palabras, dejar atrás el estruendo del cañón y la sangre entre hermanos para cantar a la paz, al trabajo y al honor. Desde sus primeras notas hasta el último verso, el Himno habla de una Nicaragua que quiere labrar su porvenir trabajando y conservar intacta su dignidad, una composición breve que cada septiembre se escucha con especial solemnidad al celebrarse las fechas patrias y que completa, desde la música y la palabra, los símbolos que identifican a la nación.
Después de las notas del “Salve a ti, Nicaragua”, la identidad del país se extiende más allá de los símbolos patrios establecidos por la Constitución y se manifiesta también en especies que forman parte de su naturaleza y sus tradiciones. De esa relación de los nicaragüenses con su entorno nacen los símbolos nacionales, una categoría diferente a la de las banderas, el Escudo y el Himno, que reúne a la Flor, el Árbol y el Ave Nacional.
El sacuanjoche, de pétalos blancos y centro amarillo, fue declarado Flor Nacional en 1971 y es una flor muy presente en las costumbres nicaragüenses, en los jardines de las casas y en distintas celebraciones del país. Ese mismo año, el madroño fue reconocido como Árbol Nacional, y entre noviembre y febrero sus flores blancas llegan a los altares de la Purísima y a los nacimientos navideños, donde forman parte de una tradición que cada diciembre junta a las familias alrededor de una de las celebraciones religiosas más arraigadas de Nicaragua. Por su parte, el guardabarranco representa la riqueza de la fauna nacional y se distingue por sus vivos colores y las dos largas plumas de su cola terminadas en forma de raqueta, rasgos que lo han convertido en una de las aves más representativas del país.
La flor, el árbol y el ave tienen una condición diferente a los símbolos patrios, pero los tres fueron escogidos para representar elementos de una Nicaragua que también muestra su identidad en sus plantas, sus animales y las costumbres de su pueblo.
En estas Fiestas Patrias, Nicaragua tiene razones para mirar sus símbolos con el peso que les ha dado el tiempo. Unos nacieron con la República, otros acompañaron la defensa de la soberanía y algunos fueron escogidos entre las flores, los árboles y las aves que forman parte del país. No surgieron en una misma época ni cuentan la misma historia, pero cada uno explica algo de Nicaragua y de los caminos que ha caminado para llegar hasta el presente. Por eso septiembre no solamente recuerda dos grandes fechas nacionales, también congrega una historia que puede verse en una bandera, escucharse en un himno o hallarse en la naturaleza de esta tierra. Ese es el tesoro de una nación que sabe de dónde viene y conserva los símbolos que la distinguen, un patrimonio que el Buen Gobierno Sandinista, encabezado por la Copresidenta Compañera Rosario Murillo y el Copresidente Comandante Daniel Ortega, resguarda y defiende como parte de la soberanía y la identidad de Nicaragua.
