Dos monjas de la Iglesia católica, Theresa Aletheia y Danielle Lussier, abandonaron en 2022 la congregación ‘Las Hijas de San Pablo’ en EE.UU., tras descubrir que el sacerdote a cargo abusó sexualmente de una de sus hermanas religiosas y las mantenía a ellas en una lista de manipulación para violarlas. Ante esto, decidieron iniciar una misión compleja: servir a la Iglesia católica para cuidar a las personas perjudicadas por sus autoridades.
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Tras sobrevivir a esa amenaza, las monjas decidieron fundar una nueva comunidad para intentar rescatar la fe de las víctimas de abusos cometidos dentro de la Iglesia. Así, personas de todo EE.UU. acuden a ellas tras sufrir vejaciones de las autoridades eclesiásticas. Para muchos sobrevivientes, el diálogo directo con estas mujeres les ayuda a reconciliarse con su espiritualidad. La comunidad de Aletheia y Lussier es la única de su tipo en toda la institución, reseñó un reportaje de Religion News Service (RNS).

Bajo el nombre ‘Hermanas del Caminito de la Belleza, la Verdad y la Bondad’, las religiosas operan en la diócesis de Lexington, Kentucky, con la autorización del obispo local, John Stowe, en busca de que el Vaticano las oficialice como orden. Su labor combina la oración diaria con el apoyo a sobrevivientes de maltratos emocionales, financieros, espirituales y sexuales a través de encuentros virtuales con el objetivo de atender a personas que perdieron la fe en la Iglesia tras ser víctimas de esa institución.
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El camino para convertirse en una orden religiosa oficial exige superar varias etapas dentro del derecho canónico. Actualmente, las monjas forman una asociación privada de fieles, el primer escalón formal hacia su legalidad dentro de la Iglesia. Para ello necesitan el respaldo continuo del obispo diocesano, la redacción de constituciones propias y la aprobación final de la Santa Sede en Roma, que evalúa el crecimiento de la comunidad y la autenticidad de su misión.

Este procedimiento administrativo no resulta sencillo, pues requiere tiempo, estabilidad económica y un número suficiente de integrantes. Estos requisitos establecidos por el Vaticano son para prevenir la aparición de sectas o nuevos casos de abuso dentro de las estructuras eclesiásticas. De hecho, el papa Francisco endureció, antes de fallecer, las reglas para autorizar nuevas congregaciones. A pesar de estos requisitos estrictos, las fundadoras prevén recibir pronto las primeras mujeres interesadas en unirse al proyecto.
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La propuesta de estas dos religiosas se alza como un puente entre la institución y quienes resultaron dañados por sus autoridades. «Son los márgenes de la Iglesia los que la curarán, los que se necesitan para su renovación en este momento presente», afirmó la hermana Lussier, convencida de que la voz de las víctimas resulta indispensable para devolver la autenticidad a la comunidad creyente.

