No todos los alimentos ricos en grasas saturadas tienen el mismo efecto en el organismo. Investigaciones recientes destacan que también importa la matriz del alimento, es decir, los nutrientes y componentes que acompañan a la grasa.
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Entre los productos que pueden consumirse habitualmente, en cantidades moderadas, están la leche entera, el queso, el yogur natural y el kéfir. Además de grasas, estos alimentos aportan proteínas, calcio y, en algunos casos, microorganismos beneficiosos derivados de la fermentación.

El queso, por ejemplo, contiene grasas saturadas, pero su estructura y aporte de calcio podrían influir en la forma en que el organismo absorbe esas grasas. Una porción de alrededor de 30 gramos puede formar parte de una alimentación equilibrada.
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El yogur entero y el kéfir natural, sin azúcar añadido, también pueden ser opciones dentro de una dieta variada. Su proceso de fermentación puede favorecer la actividad de microorganismos intestinales, aunque algunas de estas posibles ventajas todavía están siendo estudiadas.

En cambio, productos como manteca, crema, leche de coco entera y carnes con alto contenido de grasa conviene consumirlos con mayor moderación debido a su elevada concentración de grasas saturadas.
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Las carnes procesadas, como panceta, salchichas y salame, requieren especial atención porque además de su contenido graso suelen aportar bastante sal y su consumo frecuente se ha relacionado con un mayor riesgo de cáncer colorrectal.
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La clave, según los especialistas citados, no es eliminar todos los alimentos que contienen grasas, sino considerar su composición, las cantidades y la frecuencia con que se consumen, priorizando una alimentación variada y equilibrada.

