Abandonar el cigarrillo puede generar importantes beneficios para la salud incluso después de décadas de consumo. La recuperación no ocurre de golpe: algunos efectos aparecen en días o semanas, mientras que otros se acumulan durante años.
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Pulmones: dejar de fumar frena el daño causado por el tabaco y puede ralentizar la progresión de la EPOC. Además, abandonar el hábito antes de los 45 años puede reducir de manera drástica el riesgo de cáncer de pulmón y otros tumores relacionados con el tabaquismo.

Corazón y cerebro: son de los primeros órganos en beneficiarse. Entre una y dos semanas después de dejar el cigarrillo comienza a disminuir el riesgo cardiovascular. Con el tiempo también se reduce la posibilidad de sufrir infartos y accidentes cerebrovasculares.
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Sistema inmunitario: alejarse del tabaco mejora las defensas y se relaciona con menos complicaciones por infecciones, incluidas las que pueden aparecer después de una cirugía.

Huesos: fumar acelera la pérdida de densidad ósea y eleva el riesgo de fracturas. Dejarlo en los 40 o 50 años no recupera necesariamente la masa ósea perdida, pero puede detener el deterioro adicional provocado por el tabaco.
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Incluso después de los 60 años vale la pena dejarlo. En las primeras 24 a 48 horas desaparece el monóxido de carbono acumulado por el humo, mientras que posteriormente continúan reduciéndose los riesgos de infarto y accidente cerebrovascular.
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En definitiva, dejar de fumar a cualquier edad puede mejorar la expectativa y la calidad de vida. Cuanto antes se abandone el hábito, mayores serán los beneficios, pero nunca es demasiado tarde para hacerlo.

