La Ciudad de México obtuvo un récord Guinness por haber creado la Catrina más alta del mundo, una obra de arte que se puede admirar en el Zócalo capitalino como parte de las festividades por el Día de Muertos.
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«Cada día esta Ciudad de México nos sorprende con gran trabajo para dar a conocer siempre la manera más grandiosa de garantizar que su pueblo se ponga muy orgulloso (…), qué mejor momento que, en la celebración del Día de Muertos, podamos obtener un gran reconocimiento, el récord Guinness», celebró la jefa de Gobierno, Clara Brugada.

La Catrina es una iconografía creada a principios del siglo pasado que el artista José Guadalupe Posada, y rescatada por el muralista Diego Rivera, que representa la igualdad ante la muerte, ya que representa a una mujer de la alta sociedad.
Huellas de tradición
El récord internacional forma parte de la conmemoración del Día de Muertos, una de las tradiciones culturales más importantes de México que solía generar asombro y curiosidad entre los extranjeros, pero que cada vez se populariza más en otros países, gracias a que reinterpreta la muerte, la despoja de lo solemne y sombrío y la dota de color, alegría y nostalgia.
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La festividad, que es resultado del sincretismo de las cosmovisiones ancestrales de los pueblos originarios y las creencias religiosas de los españoles invasores, tiene su punto culminante el 1 y 2 de noviembre, y parte de la convicción de que, cada año, los muertos regresan a visitar a los vivos, y estos deben prepararse para recibirlos.
Durante las semanas previas, en todo el país se agota la flor de cempasúchil, uno de los principales símbolos de esta tradición debido a que el anaranjado de sus pétalos es el color de la muerte.
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Otra premisa de la fiesta, que la Unesco ya reconoció como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, es que nadie muere del todo mientras alguien más lo recuerde, así que los vivos tienen el deber de demostrar que están esperando a «los muertitos». Por eso, en las casas y en lugares públicos se instalan ofrendas en su honor. Cada uno de los elementos tiene una misión específica.

El homenaje
Los altares están protagonizados por los retratos de las y los muertos que, según la leyenda mexica, volverán de Mictlán, la tierra del inframundo. Se les pone la comida que les gustaba en vida, ya sea mole, frijoles, salsas picantes o arroz; y vasos con tequila o mezcal. Si fumaban, hacen falta un cenicero y cigarros. Abundan las frutas, principalmente naranjas y mandarinas. El agua es indispensable, porque vuelven sedientos.
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Las velas iluminan su camino para que no se pierdan en el fugaz regreso con los vivos. El incienso y copal alejan los malos espíritus, así las almas podrán volver sin riesgo alguno. Las flores los alegran. En el suelo se posa una esterilla de palma llamada petate para que descansen.
También se coloca sal como elemento de purificación y de vínculo entre la tierra y el cielo. El pan de muerto, elaborado con agua de azahar y bañado en azúcar, se corona con figuras que representan los huesos de los esqueletos o las lágrimas de los vivos. Simboliza el amor hacia los seres queridos que «se adelantaron en el viaje». El papel picado representa el aire, otro de los elementos de la naturaleza.
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A los niños se les enseña que no deben tomar nada de la ofrenda porque «los muertitos» se enojarán y les van a «jalar las patas» por la noche. Una vez advertidos, salen a las calles a pedirles a los transeúntes: «¿me da para mi calaverita?», es decir, unas monedas para comprarse dulces.
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Mientras se coloca la ofrenda, la tristeza por las ausencias es inevitable. Las familias piensan en sus difuntos, escuchan, bailan y cantan la música que les gustaban. Las lágrimas se mezclan con sonrisas; el duelo, con la nostalgia, la resignación y el consuelo del reencuentro anual.

Catrinas y calaveritas
La ceremonia personal muta en acción colectiva. Los panteones se colman de familias que convierten las lápidas en mesas improvisadas donde depositar la comida para hacer un original picnic entre tumbas. No faltan los mariachis contratados para cantar las rancheras preferidas del difunto.
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En las calles se organizan desfiles con gigantescas catrinas, esos personajes creadas a principios del siglo pasado por el ilustrador José Guadalupe Posada, quien representó a la muerte con elegantes vestidos y sombreros.

La algarabía recorre los mercados, en donde venden «las calaveritas», dulces en formas de cráneos hechos con azúcar, amaranto o chocolate. Por doquier hay piñatas, papel picado, alusiones multicolores y burlonas a la muerte. Para espanto y desconcierto de los extranjeras, niños y adultos se saludan con un efusivo: «¡Feliz Día de Muertos!».
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Con esta tradición, la sociedad mexicana aprende a reírse de y con «los muertitos» desde niños. A convivir con ellos. A saber que son parte de un ciclo interminable en el que la vida no tiene sentido sin la muerte porque, algún día, a todos les tocará volver de Mictlán.


