El ajo es uno de los alimentos más antiguos y utilizados en la cocina alrededor del mundo. Además de su valor culinario, ha sido apreciado desde la antigüedad por sus posibles beneficios para la salud. Su principal compuesto activo es la alicina, que se libera cuando el ajo se pica o se tritura, y es responsable de muchas de sus propiedades medicinales.

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Diversos estudios científicos han relacionado el consumo de ajo con efectos positivos en el organismo. Entre ellos, destaca su capacidad para ayudar a reducir la presión arterial en personas con hipertensión leve, gracias a que favorece la dilatación de los vasos sanguíneos y mejora la circulación.

También se ha observado que puede disminuir los niveles de colesterol LDL, conocido como “colesterol malo”, lo que contribuye a la salud cardiovascular y a la prevención de enfermedades del corazón.

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Otro beneficio importante es su efecto sobre el sistema inmunológico, ya que puede ayudar al cuerpo a defenderse mejor frente a infecciones como resfriados y gripes, además de favorecer una recuperación más rápida.

El ajo también posee propiedades antibacterianas y antifúngicas, debido a la acción de la alicina, que actúa contra diferentes microorganismos.

Además, contiene compuestos antioxidantes que ayudan a reducir el daño celular causado por los radicales libres, lo que puede contribuir a retrasar el envejecimiento celular y prevenir enfermedades crónicas.

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Algunas investigaciones sugieren que su consumo puede mejorar la regulación del azúcar en la sangre, ayudando a aumentar la sensibilidad a la insulina, lo cual puede ser útil en personas con diabetes tipo 2.

Finalmente, ciertos estudios han asociado el consumo habitual de ajo con un menor riesgo de algunos tipos de cáncer, especialmente el de estómago y colon, aunque aún se requiere más evidencia científica.

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En cuanto a su consumo, se recomienda picarlo o triturarlo y dejarlo reposar unos minutos antes de ingerirlo, preferiblemente crudo, ya que el calor puede reducir sus propiedades activas.