El 18 de mayo de 1927, el pequeño pueblo de Bath, en Michigan, fue escenario del peor atentado escolar en la historia de Estados Unidos, un crimen que dejó 44 muertos 38 de ellos niños y 58 heridos. El autor de la masacre fue Andrew Kehoe, un granjero de cincuenta años y electricista del pueblo que, hasta ese día, era considerado un vecino respetado y miembro de la junta escolar.

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Kehoe se encontraba sumido en una profunda crisis financiera debido a las deudas médicas por la tuberculosis de su esposa, las malas cosechas y el inminente embargo de sus tierras. Su rencor se desató por completo cuando el municipio aumentó los impuestos a la propiedad para financiar la construcción de la nueva escuela local. Al no tener hijos, consideraba injusto pagar ese impuesto y culpó directamente al colegio y al superintendente escolar de su ruina económica.

masacre

Aprovechando su cargo y sus conocimientos técnicos, Kehoe pasó meses escondiendo de forma subrepticia unos 450 kilos de explosivos en el sótano del establecimiento, conectándolos a un temporizador. La mañana del ataque, el granjero asesinó a su esposa en su casa, amarró a sus animales y activó detonadores que hicieron volar por los aires toda su granja. Poco después, a las 8:45 de la mañana, la mitad de la escuela explotó en pleno horario de clases; el resto del edificio no se derrumbó debido a un fallo en el cableado, lo que salvó la vida de un centenar de niños.

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Mientras los vecinos y rescatistas intentaban sacar a las víctimas de entre los escombros, Kehoe llegó al lugar en su camioneta, la cual había cargado con más dinamita y metralla. Al ver al superintendente escolar, su principal enemigo, lo llamó hacia el vehículo y activó un detonador manual. La fuerte explosión los mató a ambos y causó la muerte de varios civiles que se encontraban cerca prestando auxilio.

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Al día siguiente, las autoridades confirmaron la autoría del atentado al encontrar un letrero de madera que Kehoe había dejado atado a una valla de su granja destruida. El mensaje final del asesino decía de forma sombría: “Los criminales se hacen, no nacen”.