Creo que no hay ser humano que habiendo pasado por el aula de la más humilde escuela no tenga en sus pensamientos a un maestro o una maestra que se volvió una imagen activa y sentimental en el amplio almacén de nuestra memoria.

Este 29 de junio fue en Nicaragua el Día del Maestro y de la Maestra; del docente que imparte los conocimientos que siembran en nosotros el protagonismo del mañana desde una estructura piramidal que va desde la educación inicial, la primaria, la secundaria, la universitaria, la técnica y ahora con la modernidad, desde otras modalidades, como los cursos virtuales y en cada una de esas partes en el proceso de la formación individual siempre está esa figura que nos la  apropiamos como algo muy especial.

Tiene sentido afirmar que los tiempos transforman costumbres porque la modernidad avanza aceleradamente en muchos aspectos y tan determinantemente que muchas formas de relacionarnos han cambiado y negar eso está demás. Sin embargo, hay algo inalterable que nunca encajará en la rigidez de nuestros días y es el vínculo entre el maestro y el estudiante.

Dejando al margen que el Maestro recibe honorarios por sus servicios y ahora se forma profesionalmente dejando en el olvido al  empirismo, que es un salto  gigantesco para nuestro magisterio, y que en los tiempos de generaciones como la mía nuestros padres pagaban para educarnos porque la  gratuidad era un sueño, lo cierto es que el vínculo  sentimental que maestros y estudiantes encontraban en los colegios particularmente de primaria y secundaria era algo así como de padres e hijos donde los primeros identificaban las dudas de sus alumnos y los alumnos la confianza filial en sus educadores.

En lo personal vienen a mi mente algunos nombres grabados eternamente en mi memoria. Algunos de ellos ya no están en este plano de vida como Arnoldo Arguello Gil, un Gran Señor, dos veces mejor profesor de Nicaragua y una ciencia geográfica e histórica andando: Pedro Castillo, asesinado por la Guardia Nacional en la insurrección; Noel Ernesto Pineda, un infarto masivo se lo llevó en plana Campaña Nacional de Alfabetización. Hay otros esperando estén vivos, porque en  medio de abrazos intensos me los encontré como en cualquier parte, como Gregorio Alvarenga, el matemático, Atilio Ibarra, una mezcla docente de muchas materias  y alto rango del Benemérito Cuerpo de Bomberos y con cada uno de ellos tengo recuerdos de esos que son  imborrables y que en la medida que me  acerco más a la caducidad de mis días me doy cuenta que tuvieron un gran peso en la formación que como persona tuve porque eran de esos que hacían de la comprensión y del cariño incondicional la mejor herramienta pedagógica.

Pues estos grandes hombres y mujeres con los que nos abrimos franca y sentimentalmente más allá del hogar, de los textos y cuadernos de estudio y de las aulas y grados son maestros y profesionales de la pedagogía dedicados en cuerpo y alma a la enseñanza y el traslado de sus conocimientos hacia la esponja que representan sus estudiantes es algo con lo que nacieron y que lo podemos resumir en una sola palabra, VOCACIÓN.

La vocación es algo profundamente interno, es un llamado que nace en algunas personas de manera natural. Es algo que impulsa y motiva a consumar una vida por profesión, por un oficio, una carrera o un estilo de vida. Esa vocación va más allá de sentir que tienes un empleo y es que la vocación tiene una inmensa afinidad altruista y de servicio y para sus efectos podemos mencionar, además de la docencia, a los médicos, a las enfermeras, a los periodistas que para ser exitosos deben antes sentir en el alma lo que hacen.

Antes la vocación se asociaba exclusivamente a los religiosos, a los que ahora llamamos profesionales de la fe, pero realmente eso ha sido extendido a ocupaciones que como el magisterio construye, desarrolla y en gran medida define la vida de los líderes del mañana a través de lo que enseñan.

Indudablemente la labor de nuestros queridos y amados profesores, los maestros de todos los tiempos, fue, es y será siempre fundamental para el desarrollo social; Ellos son quienes moldean nuestro pensamiento crítico; son los que refinan nuestros valores una vez que nos los aprendimos del hogar; son los que preparan al estudiante para la vida y el ámbito laboral.

La palabra Maestro proviene del latín «magister», que significa «aquel que es más grande» o «superior» y es lo que le distingue como una persona de profunda autoridad de la educación en diversas materias educativas que muchas veces nos definen como personas.

Ellos son además hasta guías de nuestro desarrollo emocional, ético y ciudadano porque hay  que  admitirlo su rol no se circunscribe  a la enseñanza en las aulas educativas sino que los que somos o fuimos alumnos muchas veces llevamos las incomprensiones de nuestros padres dentro  del hogar a los colegios y esos maestros siempre estuvieron  y  seguirán  estando  ahí  para nosotros y no porque  tengan  esa responsabilidad sino porque esa es parte de la vocación que llevan por dentro y  de esa forma nos ayudan a sobre pasar problemas y obstáculos que  se van  descubriendo  en el camino cuando los padres de familia identifican en sus hijos el  cambio que ellos  no habían  logrado.

En Nicaragua, la labor de los docentes tal y como debe ser, es reconocida a nacionalmente y lo apreciamos por las muchas celebraciones que se hicieron en todo el país a nivel de todo nuestro sistema educativo porque realmente lo merecen.

Por esos que siembran futuro y esperanzas, por esos que acompañan, que escuchan, que orientan y afinan la potencialidad de cada estudiante muchos pasos hacia la dignificación del magisterio se han dado. Nunca podríamos decir que los maestros que enseñan, que los alumnos que aprenden, que el sistema educativo que tenemos hoy es el mismo que teníamos en el 2007.

La dignificación profesional del maestro hoy día, a pesar de no ser lo que verdaderamente quisiéramos, está a mil años luz de hace 19  años porque dejó se ser una cosa a ocupar para llenar un vacío dentro del pírrico presupuesto general  de la  república destinado a la “educación” a ser  hoy un  protagonista de la transformación profunda de la nación que proyectamos hacia  el  futuro y lo digo porque hoy la realidad es otra y solo la perversidad es la única que se atreve a sostener que Nicaragua estará mejor con la educación del cangrejo que ellos imponían.

Sería imperdonable olvidar que seguimos celebrando en Nicaragua, el día del educador y educadora nicaragüense en honor a la gesta heroica del maestro y Héroe Nacional, Enmanuel Mongalo y Rubio y en su contexto hay que recordar que en el período de 1854-1857, se desarrolló la Guerra Nacional en Nicaragua.

El 13 de junio de 1855, en el puerto de El Realejo desembarcaron los filibusteros al mando de William Walker, quien a su arribo fue ascendido al grado de coronel. Posteriormente, se dirigieron a Rivas y desembarcaron el 27 de junio en la playa El Gigante, para tomar por sorpresa la ciudad que formaba parte del entonces departamento Meridional y el departamento de Oriente, conformado por los actuales departamentos de Granada, Masaya y Carazo. Las fuerzas filibusteras estaban compuestas por aproximadamente 55 estadounidenses y 100 nicaragüenses al mando de los coroneles Mariano Méndez y Félix Ramírez.

Acompañó a los filibusteros el general Máximo Espinoza, a quien el gobierno establecido en León le había prometido, en recompensa, que si la acción daba resultado, él ocuparía el cargo de Prefecto del Departamento Meridional y Delegado Fiscal.

William Walker pretendió la rápida y sorpresiva toma de la ciudad de Rivas, con el objetivo de apoderarse de una posición que le diera ventaja para avanzar hacia la captura del resto del territorio nacional.

El ataque a Rivas inició el 28 de junio de 1855 y se instalaron en la casona del general Máximo Espinoza, conocida como “El Mesón”, donde combatieron contra las tropas legitimistas. El subteniente cívico y maestro Enmanuel Jeremías Mongalo y Rubio llevó la voz de alarma para la defensa contra los filibusteros.

El 29 de junio de 1855, el coronel Manuel Giberga del Bosque, jefe de las tropas legitimistas, consideró que el medio más eficaz para desalojar al enemigo era incendiar el refugio de los filibusteros, ubicado al lado de la casa de don Joaquín Reina. Para esta misión pidió voluntarios; de inmediato se presentó, impulsado por su sentimiento patriótico, el maestro Enmanuel Jeremías Mongalo y Rubio, de 21 años de edad, junto a Felipe Nery Fajardo, quien recibió la antorcha de mano de su jefe militar.

Sin vacilar, se deslizó a rastras entre las paredes destruidas de las casas, entró por el corredor de la casa vecina, incendió las soleras y las cañas del techo.

Las llamas llegaron hasta la casa donde se encontraban los filibusteros, quienes salieron huyendo, enfrentándose con el destacamento al mando de Jerónimo Leal, quien trató de impedir la huida hacia la hacienda Santa Úrsula. Los filibusteros, con pérdidas de personal y material, abandonaron la ciudad de Rivas y se dirigieron a San Juan del Sur, adjudicándose una victoria para las tropas nicaragüenses en la Batalla de Rivas el 29 de junio de 1855.

Este memorable hecho histórico, desarrollado en el contexto de la Guerra Nacional Antifilibustera, quedó recogido en la historiografía nacional como la acción heroica del subteniente cívico y maestro Enmanuel Jeremías Mongalo y Rubio, llena de coraje y de valor. El país se colmó de júbilo ante la victoria de las tropas nicaragüenses.

Para 1861, el maestro Enmanuel Jeremías Mongalo y Rubio se trasladó a Nueva York, donde editó un compendio de Geografía. Regresó a Nicaragua y se dedicó a enaltecer la profesión del magisterio mediante la enseñanza gratuita a estudiantes y a escribir textos escolares de geografía e historia nacional, con el objetivo de servirle mejor a la Patria.

En los últimos días de su vida se trasladó a vivir a la ciudad de Granada, donde murió de una enfermedad pulmonar el 1 de febrero de 1874, a los 40 años de edad, siendo sepultado en la iglesia La Merced. El 29 de junio de 1970, sus restos fueron exhumados y trasladados a la ciudad de Rivas.

De esta historia real y viva para todos los tiempos es que se consagra el 29 de junio como el Día del Maestro y la Maestra Nicaragüense, nunca tan honrados, amados y queridos como ahora.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.