Antes del sombrero alón, de las botas y de las fotografías que terminaron recorriendo el mundo, Augusto era un niño de Niquinohomo. Nació el 18 de mayo de 1895, hijo de Margarita Calderón y Gregorio Sandino, y pasó sus primeros años junto a su madre, a quien acompañaba en la recolección de café. Desde pequeño conoció las privaciones del campo y más tarde se fue a vivir con la familia paterna, donde también participó en labores agrícolas. Esa niñez muestra a un Sandino anterior al hombre que entraría en los libros de historia, formado entre el trabajo y una realidad que le enseñó muy temprano las diferencias sociales que existían en el país. A los 17 años vivió de cerca un episodio que quedó grabado en su memoria, la intervención militar estadounidense y el atroz asesinato del General Benjamín Zeledón en 1912. Aquel acontecimiento encontró a un Augusto todavía joven, mucho antes de emprender su propia lucha en Las Segovias, pero ya frente a situaciones que fueron dejando huella en su manera de entender a Nicaragua y la ocupación extranjera.
La juventud lo llevó más allá de Niquinohomo y le abrió otros caminos. Primero se ganó la vida como ayudante de mecánica, luego viajó a Honduras y Guatemala, donde desempeñó diversos oficios, pasó por distintas plantaciones y finalmente llegó a México. Allí consiguió empleo en compañías petroleras y comenzó a relacionarse con obreros y sindicalistas, entre quienes descubrió nuevas ideas y formas de entender la realidad de los trabajadores. Cada lugar le dejó algo, aprendió otras maneras de ganarse el sustento y pudo ver de cerca situaciones diferentes en América Latina. Al mismo tiempo fue creciendo en él una inquietud que lo acompañaría durante su madurez y despertaría su interés por encontrar respuestas más allá de cuanto había conocido en sus viajes. Se acercó a la espiritualidad y a la masonería, estudió varias corrientes filosóficas y reflexionó sobre Dios, el amor, la Justicia Divina, la fraternidad y el origen del ser humano. Parte de esas ideas quedaron plasmadas en sus cartas y en el Manifiesto de Luz y Verdad. Aquel joven que había salido de Nicaragua fue formando sus propias convicciones y encontró en la dignidad de los pueblos una causa que defender, mientras cultivaba una profunda búsqueda interior, una faceta mucho menos conocida que la lucha militar que tiempo después daría a conocer su nombre dentro y fuera del país.
Cuando Sandino tenía 31 años, a más de mil kilómetros de Nicaragua nacía otro niño cuya historia todavía estaba lejos de encontrarse con la suya. Fidel Alejandro Castro Ruz llegó al mundo el 13 de agosto de 1926 en Birán, al oriente de Cuba, hijo de Ángel Castro y Lina Ruz. Creció en una finca donde los cañaverales se extendían por buena parte del paisaje, había animales alrededor y numerosos trabajadores se ganaban el sustento con las labores agrícolas. En ese ambiente jugaba con sus seis hermanos y, desde los cuatro años, empezó a asistir a una escuela rural cercana. A los seis dejó la casa familiar para seguir aprendiendo en Santiago de Cuba y, siendo todavía muy pequeño, pasó a vivir lejos del sitio donde había nacido. Más adelante estuvo en La Salle y el Colegio de Dolores, hasta llegar durante la adolescencia a Belén, en La Habana. Disfrutaba los deportes y solía internarse en los montes, mostrando ya ese carácter enérgico que tiempo después él mismo recordaría al contar cómo había sido de muchacho. Birán quedó atrás con su partida, pero permanecieron en su memoria el campo donde transcurrió aquella etapa, la caña que veía crecer y la gente dedicada cada día al trabajo.
Los caminos de ambos comenzaron en el campo, aunque Sandino era 31 años mayor que Fidel y cada uno vivió una infancia bajo circunstancias familiares diferentes. Augusto conoció desde niño el trabajo junto a su madre y más tarde tuvo que salir de Nicaragua para ganarse la vida, mientras Fidel nació en un hogar que pudo brindarle mejores condiciones y desde pequeño vio de cerca a quienes trabajaban la tierra, antes de dejar Birán para continuar sus estudios. Ninguno vino al mundo convertido en el personaje que décadas después conocerían América Latina y el Caribe. Sandino fue campesino, aprendió mecánica y desempeñó diversos oficios antes de ponerse al frente de hombres armados. Fidel continuó sus estudios en colegios religiosos, donde encontró en el deporte una de sus grandes aficiones, hasta que en 1945 llegó a la Universidad de La Habana para estudiar Derecho y comenzó a involucrarse cada vez más en la política. Sus orígenes fueron distintos, al igual que las rutas que siguieron durante la juventud, pero con el tiempo sus historias terminaron coincidiendo en ideales que ambos hicieron suyos durante buena parte de sus vidas. La soberanía se convirtió en una causa que los dos defendieron, la independencia estuvo presente en sus luchas y el rechazo a la intervención extranjera terminó acercando, desde épocas y países diferentes, los nombres de Sandino y Fidel.
Sandino fue el primero en llevar esas ideas a una lucha que años más tarde dejaría su nombre escrito en la historia nicaragüense. En 1927 rechazó el Pacto del Espino Negro y marchó hacia Las Segovias acompañado por un pequeño grupo de hombres, con quienes comenzó a levantar el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua. Durante los seis años siguientes combatió la intervención imperialista estadounidense hasta lograr la derrota y expulsión de las tropas extranjeras, que finalmente salieron del país el 1 de enero de 1933. Aquella victoria del General de Hombres y Mujeres Libres abrió paso al Convenio de Paz, firmado el 2 de febrero de ese mismo año. Para esa fecha Fidel apenas tenía seis años y estaba próximo a salir del lugar donde había vivido su primera infancia rumbo a Santiago de Cuba. Cuando se produjo el magnicidio de Sandino, la noche del 21 de febrero de 1934, el niño cubano tenía siete años. Nunca llegaron a conocerse y pertenecieron a generaciones diferentes, pero la muerte del nicaragüense no borró su nombre, que comenzó a escucharse fuera de las fronteras nacionales y alcanzó otras tierras. Mientras aquella historia comenzaba a extenderse, Fidel avanzaba en sus estudios, entraba en la juventud y poco a poco se acercaba a la política, hasta emprender años más tarde su propia lucha revolucionaria.
El joven universitario cubano terminó convirtiéndose en abogado y enfrentándose a la dictadura de Fulgencio Batista. Su lucha lo llevó al asalto del Cuartel Moncada y, después de aquella acción, fue encarcelado. Al recuperar la libertad partió hacia México, donde preparó junto a sus compañeros el regreso a Cuba, volvió a la isla para continuar el combate desde la Sierra Maestra y mantuvo esa batalla hasta el triunfo de la Revolución Cubana el primero de enero de 1959. Esa parte de su vida es ampliamente conocida, pero al mirar las historias de ambos aparece otra coincidencia. Fidel se acercó a la política durante una juventud en la que fue definiendo sus ideas, mientras décadas antes el muchacho de Niquinohomo había tenido que salir de su tierra, trabajar en distintos lugares y conocer otros países antes de volver a Nicaragua. Los dos terminaron defendiendo la independencia de sus naciones, aunque cada uno lo hizo en momentos y condiciones diferentes. Sandino habló de fraternidad y amor, defendió la unidad latinoamericana y dejó esos pensamientos en sus escritos, Fidel hizo de la unidad una fuerza de su Revolución, exaltó el patriotismo y mantuvo la soberanía entre los principios que defendió a lo largo de su vida. Uno murió antes de cumplir 39 años y el otro alcanzó los 90, una distancia de tiempo que hizo posible que Fidel conociera la historia dejada por Sandino y viera cómo aquel nicaragüense que había muerto cuando él apenas tenía siete años terminó convertido en una referencia para las luchas que vendrían después.
La historia de Sandino y Fidel terminó encontrándose en Nicaragua varias décadas después. En 1961, el Frente Sandinista de Liberación Nacional tomó el nombre del General de Hombres y Mujeres Libres, y en 1979 triunfó la Revolución Popular Sandinista, veinte años después de la victoria cubana. A partir de ese momento, los lazos entre ambos países acercaron todavía más dos historias cuyos protagonistas nunca llegaron a conocerse. Fidel mantuvo durante años una estrecha amistad con la Compañera Rosario Murillo, sobrina nieta del General Augusto C. Sandino, y el Comandante Daniel Ortega, mientras la solidaridad cubana se hizo sentir entre las familias nicaragüenses principalmente a través de la salud y la educación. Así, aquel niño nacido en Niquinohomo a finales del siglo XIX y el pequeño que vino al mundo tres décadas después en Birán, Cuba, terminaron unidos por ideales que cada uno defendió desde su tiempo. Sandino levantó la bandera de la soberanía y habló de dignidad, independencia y unidad latinoamericana, mientras Fidel hizo suyas luchas semejantes desde Cuba, con circunstancias y momentos históricos distintos que nunca borraron las diferencias entre ambos.
Hoy, gracias a la Compañera Rosario Murillo, Sandino y Fidel finalmente se encuentran en un mismo lugar. Por orientación de la Copresidenta, sus monumentos luminosos se unen en la loma de Tiscapa como símbolo de la hermandad entre Nicaragua y Cuba. Nunca pudieron conocerse en vida, pero ambos enfrentaron al imperialismo estadounidense, Sandino hasta lograr la derrota y expulsión de las tropas yanquis, Fidel resistiendo las agresiones contra su pueblo y sobreviviendo a más de 600 planes e intentos de asesinato. Ahora, al cumplirse cien años del natalicio del líder de la Revolución Cubana, la Compañera Rosario reúne simbólicamente al General de Hombres y Mujeres Libres y al Comandante Fidel Castro. El niño de Niquinohomo y aquel pequeño nacido en Birán, Cuba, por fin se encuentran convertidos en luz sobre Managua.
