Las lesiones del tendón de Aquiles pueden ocurrir durante acciones explosivas como correr, saltar, acelerar o incluso al realizar un apoyo aparentemente normal. Aunque son frecuentes entre deportistas, distintos factores relacionados con el entrenamiento y la salud metabólica pueden aumentar la vulnerabilidad de este tejido.

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A diferencia de los músculos, los tendones necesitan más tiempo para adaptarse y recuperarse de las cargas. Por eso, aumentar demasiado rápido la intensidad o entrenar sin suficiente recuperación puede favorecer la acumulación de daño.

Los especialistas también destacan la importancia de preparar al cuerpo no solo para producir fuerza, sino también para absorber y controlar las cargas. Los entrenamientos pueden incluir ejercicios excéntricos para las pantorrillas, saltos de menor intensidad y movimientos explosivos que enseñen al cuerpo a frenar y recibir impactos de manera progresiva.

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La salud metabólica también aparece como un factor de interés. Niveles elevados de glucosa y colesterol LDL pueden afectar la calidad del tejido y del colágeno. En el caso de la glucosa alta, puede producirse una modificación de las proteínas conocida como glicación, que podría aumentar la rigidez de las fibras del tendón y hacerlas más susceptibles al daño.

Entre los indicadores que los especialistas consideran relevantes para evaluar la salud de los tejidos se encuentran la hemoglobina glicosilada (A1C), vitamina D, ferritina y algunos minerales relacionados con la formación de colágeno.

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La edad también influye. Las roturas del tendón de Aquiles se presentan con mayor frecuencia entre los 30 y 49 años, y una proporción importante está vinculada con la práctica deportiva.

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Finalmente, una caída inesperada del rendimiento o de la potencia física puede ser una señal de que el organismo no se está recuperando adecuadamente. Detectar estos cambios y ajustar las cargas de entrenamiento puede ayudar a reducir el riesgo de una lesión.