En el Londres victoriano, la figura del cazador de ratas emergió en medio de un caos urbano provocado por una crisis sanitaria sin precedentes. La ciudad, saturada de basura y con un sistema de saneamiento insuficiente, se transformó en un terreno fértil para la presencia de millones de ratas, según estimaciones de la época.

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A pesar de la gravedad del problema, quienes enfrentaban la plaga carecían de reconocimiento social, aunque la publicación internacional de divulgación científica National Geographic ha documentado en varios reportajes el valor social y sanitario de este oficio.

La proliferación de roedores en la capital británica se agravó por el acelerado crecimiento poblacional y la urbanización, así como por la llegada de la rata parda noruega, notoria por su rápida reproducción y agresividad. Una pareja podía dar lugar a cientos de crías cada año, lo que incrementaba la probabilidad de infecciones y daños a propiedades, mercados y almacenamientos de alimentos.

Métodos y peligros del cazador

Los cazadores utilizaban múltiples técnicas: trampas rudimentarias, dispositivos mecánicos de golpeo y, con frecuencia, el empleo de hurones, ya que estos animales lograban sacar a las ratas de sus escondites más recónditos.

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A la par, los perros terrier auxiliaban a los cazadores al introducirse en madrigueras. Algunos optaban por la captura manual, bloqueando todas las salidas de una madriguera excepto una para atrapar los roedores cuando escapaban.

El uso de veneno, habitualmente mezclas secretas a base de arsénico y grasas animales, completaba el arsenal, aunque acarreaba complicaciones. Los roedores intoxicados solían morir en sitios inaccesibles, generando problemas de descomposición y riesgos sanitarios adicionales.