La falta de sueño frecuente puede tener un impacto directo en la presión arterial y aumentar el riesgo de desarrollar hipertensión, una condición asociada con enfermedades como infartos, accidentes cerebrovasculares y problemas renales.
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Durante el descanso, el organismo reduce de forma natural la presión arterial, un proceso conocido como descenso nocturno. Sin embargo, cuando una persona duerme poco o tiene dificultades constantes para conciliar el sueño, este mecanismo puede alterarse y provocar niveles más altos de presión durante la noche y el día siguiente.

Los especialistas explican que la privación del sueño activa cambios en el cuerpo, como un aumento del estrés fisiológico, mayores niveles de cortisol y alteraciones en la regulación de líquidos y sal, factores que pueden favorecer la aparición de presión alta.
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Para reducir el riesgo, los expertos recomiendan mantener horarios regulares de sueño y procurar entre siete y nueve horas de descanso por noche. Además, hábitos como realizar actividad física, mantener un peso saludable, reducir el consumo de sal, llevar una alimentación equilibrada, evitar el exceso de alcohol y no fumar contribuyen al cuidado de la salud cardiovascular.
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La hipertensión suele avanzar sin síntomas evidentes, por lo que los controles periódicos de presión arterial son clave para detectarla a tiempo y prevenir complicaciones.

