En el piso de la Basílica de San Pedro quedaron desparramados más de cincuenta fragmentos de mármol de Carrara. Eran pedazos de La Piedad, la obra maestra que Miguel Ángel Buonarroti había esculpido entre 1498 y 1499. El 21 de mayo de 1972, un hombre llamado László Tóth saltó la protección de la escultura y comenzó a golpearla con un martillo mientras gritaba que era Cristo.
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Tóth, un geólogo húngaro radicado en Australia, había llegado a Roma meses antes y ya había intentado conseguir una audiencia con el papa Pablo VI. Decía ser Jesucristo y sostenía que la Iglesia le negaba el encuentro. Aquel domingo de Pentecostés descargó al menos doce golpes contra la imagen de la Virgen María, destruyendo parte del brazo izquierdo, la nariz, un ojo, el velo y varios dedos.

El escultor estadounidense Bob Cassilly fue el primero en intervenir y logró apartarlo antes de que llegara la seguridad, pero el daño ya era enorme. El Vaticano temió en un primer momento que la obra estuviera destruida de forma irreversible.
Después del ataque, Tóth fue detenido y continuó afirmando que era Cristo. Un tribunal de Roma lo declaró socialmente peligroso y ordenó su internación en un hospital psiquiátrico. Dos años más tarde fue deportado a Australia, donde vivió hasta su muerte en 2012.
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La restauración de la escultura
Se convirtió en un desafío histórico para el Vaticano. Los especialistas trabajaron durante diez meses utilizando los fragmentos originales de mármol, fotografías y moldes de la obra. Sin embargo, el elemento clave para reconstruir el rostro y el brazo de la Virgen apareció en el altiplano peruano, en la ciudad de Lampa.

Allí existía una réplica exacta de La Piedad enviada por el Vaticano en 1960. Gracias a esa copia, los restauradores pudieron tomar medidas precisas y recuperar las proporciones originales de la escultura dañada. La pieza peruana terminó siendo fundamental para devolverle su forma a una de las obras más importantes del Renacimiento.
Tras la restauración, La Piedad volvió a ocupar su lugar en la basílica, pero ya nunca sería exhibida de la misma manera. Desde 1973 permanece detrás de un vidrio blindado instalado para evitar un nuevo ataque. En 2024 esa protección fue reemplazada por una estructura aún más resistente, diseñada para soportar golpes, disparos y presiones extremas.
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El atentado cambió para siempre la relación del público con la obra. La escultura más famosa de Miguel Ángel, la única que el artista firmó, quedó protegida definitivamente detrás de un cristal que impide cualquier contacto directo con ella.

