Una investigación sugiere que reducir el consumo de azúcar durante los primeros años de vida podría tener efectos positivos en la salud cerebral a largo plazo, disminuyendo el riesgo de demencia, Alzheimer y algunos trastornos mentales en la adultez.

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El estudio, realizado por científicos de la Guangzhou Medical University y publicado en la revista npj Aging, analizó información de más de 60.000 personas del Biobanco del Reino Unido nacidas entre 1951 y 1956. Los investigadores aprovecharon un periodo histórico en el que el país mantuvo restricciones al consumo de azúcar tras la Segunda Guerra Mundial para evaluar cómo la alimentación temprana podía influir décadas después.

Los resultados indican que quienes estuvieron expuestos a una menor cantidad de azúcar durante los primeros mil días de vida desde el embarazo hasta los dos años tuvieron un 27 % menos de riesgo de desarrollar demencia y hasta un 46 % menos de probabilidades de padecer Alzheimer en la edad adulta.

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Además, el análisis encontró una reducción del riesgo de otros problemas de salud mental: un 11 % menos de casos de depresión y un 20 % menos de trastornos de ansiedad entre quienes tuvieron una menor exposición al azúcar en la primera infancia.

Los científicos observaron que los beneficios eran mayores cuando la restricción del azúcar se mantenía hasta los dos años de edad. En cambio, limitarlo únicamente durante el embarazo mostró efectos mucho más reducidos.

Posibles efectos en el desarrollo cerebral

Para conocer cómo podría influir la alimentación temprana, los investigadores analizaron imágenes cerebrales de más de 9.000 participantes. Encontraron que las personas con menor consumo de azúcar en sus primeros años presentaban mayor volumen en zonas relacionadas con la memoria y el aprendizaje, como el hipocampo y el tálamo.

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También detectaron señales de un envejecimiento cerebral más lento: sus cerebros parecían aproximadamente cinco meses “más jóvenes” en comparación con quienes no tuvieron esa restricción temprana.

Los autores plantean que una menor exposición al azúcar podría ayudar a proteger el cerebro al reducir procesos relacionados con inflamación, alteraciones metabólicas y cambios que afectan la expresión de los genes.

Sin embargo, advierten que el estudio tiene limitaciones, ya que los participantes pertenecían a una misma generación y contexto histórico. Por ello, serán necesarios nuevos análisis en poblaciones actuales, donde el consumo de azúcares añadidos es mucho mayor.

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A pesar de esas limitaciones, los investigadores señalan que los resultados respaldan las recomendaciones de moderar el consumo de azúcar añadido durante la infancia como una posible medida para favorecer la salud cerebral a largo plazo.